Mi Universidad es Discriminada
En México, muchos reclutadores muestran un marcado prejuicio hacia algunas universidades basados en prejuicios elitistas, y no en realidades académicas. ¿Qué hacer para sobreponerse a este “pecado original”?
Por Mauricio González Lara
Colaborador de Monster
La discriminación, el acto de segregar por criterios de género, edad, preferencia sexual y estatus económico, es una práctica tan abierta en la sociedad mexicana que, más que ser vista como un vicio vergonzante, pareciera ser una conducta de la que nos enorgullecemos y hasta congratulamos. Para comprobarlo, sólo basta leer la sección de clasificados del diario El Universal, el espacio de referencia de búsqueda de empleo más antiguo de nuestro país.
Las oportunidades publicadas no son cosa del otro mundo: se buscan asistentes administrativos, auxiliares contables, gerentes de ventas, supervisores, médicos, auditores, en fin, toda la gama de oficios requeridos día a día por los lugares de trabajo. Los avisos más atractivos, empero, son excluyentes. Los actos discriminatorios más comunes se dan en función de la edad (“sólo menores de 35 años”), el sexo (casi siempre se buscan mujeres para puestos de relaciones públicas) y la apariencia física (“mujeres de buena presentación, preferentemente solteras”); sin embargo, también se puede encontrar una forma de discriminación que incluso es defendida bajo el argumento de “la búsqueda de empleados de excelencia”: la que se da en función de la universidad de la que proviene el solicitante de empleo.
En efecto: en muchos casos, más que ser un activo, la universidad de procedencia termina siendo una especie de pecado original sin posibilidad de absolución para cientos de miles de jóvenes egresados de las escuelas superiores de educación. ¿Es justa esta condena? ¿Bajo qué parámetros se establece? Y lo más importante: ¿puede un recién egresado darle la vuelta a su origen universitario?
Prejuicios sin sustento
Según datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), en los últimos 10 años han egresado de las aulas superiores públicas y privadas un millón 980 mil jóvenes. 800 mil de ellos, el 40 por ciento, se encuentra desempleado, subempleado o labora en una actividad que no se relaciona con su licenciatura, lo que explica que la tasa de desempleo entre las personas de 24 a 29 años de edad casi triplique la media nacional.
Bajo este contexto, queda claro que los tiempos en que un título garantizaba una plaza laboral han quedado en el olvido. Por ello, la marginación resulta aún más ofensiva. El fenómeno, por lo general, se desdobla con base en prejuicios y no en realidades. Tomemos como ejemplo el caso de la que quizá sea la universidad más discriminada del país: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
¿Es la UNAM una institución carente de calidad? Difícilmente: de acuerdo con The Times Higher Education Suplement (el afamado suplemento del periódico inglés The Times), es la mejor universidad de habla hispana del mundo. ¿Son sus maestros de un nivel más bajo que el resto? Claro que no: inclusive, varios investigadores de la UNAM son catedráticos estrellas de universidades privadas de élite como el ITAM, la Universidad Iberoamericana, el ITESM y la Universidad Anáhuac. ¿Son sus alumnos unos porros sin remedio? Los tiempos del “Mosh” ya están superados; lo que sucede es que, al tomar en serio que una universidad debe ser precisamente “universal” (y no una institución cerrada a diversas expresiones culturales, como sucede con muchas dizque universidades privadas, cuyo ambiente social asemeja más una “prepota” que a un campus universitario), la UNAM alberga muy diferentes clases de personas e ideas, pero el grueso de sus estudiantes son jóvenes tan o más comprometidos que los de cualquier otra institución.
Entonces, ¿por qué la discriminación? Por la misma razón estructural que explica el retraso social del país: simple y llanamente, hay una carencia de movilidad en todo el sistema empresarial mexicano, donde a veces, hay que decirlo, el origen social y el apellido importan más que el talento y la preparación. La clase dirigente de ese modelo de país ha enviado a sus hijos a universidades de élite y de gran nivel, sí, pero cuyo atractivo principal radica en el networking y la creación de camarillas. Se podrían argumentar otras razones, con mayor o menor validez, pero ése es el motivo de fondo detrás de la discriminación contra las instituciones públicas y algunas privadas de buen nivel pero de accesibilidad relativamente popular. En palabras de Carlos Mota, columnista de Milenio Diario y otrora catedrático del ITAM :
“No tengo memoria de haber conocido un alto ejecutivo de una empresa en México que sea claramente indígena. Tampoco recuerdo que alguna persona discapacitada esté en la punta del liderazgo corporativo, ni que una mujer sea citada como la más dura negociadora del sistema financiero nacional. Estos hechos no son casuales. Son resultado de una sociedad fracturada, de un sistema perverso en el que participamos todos. Lo mismo sucede con la discriminación hacia ciertas universidades. Es absurdo.”
Recomendación: empezar lo más pronto posible
Asimismo, las mismas realidades del mercado, donde ya difícilmente una persona permanece en una sola empresa para hacer carrera, empiezan a darle un peso más sustantivo a los logros obtenidos que a la universidad de procedencia. Consideremos el caso de David Candido Osorio, diseñador gráfico de 36 años de edad que estudió en la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes:
“Cuando salí de la universidad, la mayor parte de las agencias y despachos a los que deseaba entrar sólo aceptaban egresados de la Ibero y la Anáhuac. Era frustrante. Pero eso es algo que te afecta con más fuerza cuando eres recién egresado. Ya que pasa el tiempo, la universidad, por lo menos en mi caso, deja de ser importante ante la experiencia que has acumulado. Tu carpeta de trabajo es clave. Por eso exhorto a los estudiantes a que generen cosas, independientemente de si en un principio les pagan o no; créanme, eso les va a ayudar en el futuro a ser contratados.”
Si ya de por sí es aconsejable que los universitarios realicen prácticas en empresas a la par de que cursan sus estudios, en el caso de los que se sienten en desventaja por su escuela de procedencia, la recomendación resulta más apremiante: la diferencia entre colocarse con éxito o de plano ingresar a las filas del desempleo. Así que vale la pena retomar el exhorto: el trabajo realizado es el mejor argumento frente a intentos de discriminación. Ni siquiera el más elitista de los reclutadores podría argumentar lo contrario.
Si ya de por sí es aconsejable que los universitarios realicen prácticas en empresas a la par de que cursan sus estudios, en el caso de los que se sienten en desventaja por su escuela de procedencia, la recomendación resulta más apremiante: la diferencia entre colocarse con éxito o de plano ingresar a las filas del desempleo. Así que vale la pena retomar el exhorto: el trabajo realizado es el mejor argumento frente a intentos de discriminación. Ni siquiera el más elitista de los reclutadores podría argumentar lo contrario.